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Que el amor guíe nuestros pasos (Deseo 2026)

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Besote Este no es un texto nuevo. Es el mismo deseo que escribí en 2024, vuelto a mirar con otros ojos y con la certeza de que, aunque el calendario avanza, las condiciones del mundo no han cambiado tanto. La imagen que acompaña este post vuelve a ser la misma: una pareja de rollers, detenida en plena calle, abrazada con un amor visible, sin cálculo ni estrategia. Un gesto simple, directo, humano. Un momento que habla de entrega, confianza y conexión profunda. Desde la mirada de este viejo —que no puede dejar de pensar en el mundo que les dejaremos a nuestros nietos— vuelve la misma pregunta, tan sencilla como incómoda: ¿Qué pasaría si ese nivel de compromiso y unidad existiera también entre quienes toman decisiones? Hablo de dirigentes políticos, pero también de empresarios, sindicalistas y líderes sociales. De todos aquellos que tienen poder real para influir en la vida de los demás. ¿Qué pasaría si, aunque fuera por un momento, dejaran de lado intereses sectoriales, mezquindades y e...

El vendedor de flores del Microcentro: belleza anónima en la ciudad que corre

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Vendedor de flores En una esquina del Microcentro porteño, un vendedor de flores espera. Es un hombre de mediana edad que trabaja en silencio mientras la ciudad sigue su curso entre peatones apurados, edificios históricos y el ruido constante del tránsito. La fotografía, realizada en blanco y negro, registra una escena cotidiana que suele pasar inadvertida. El contraste entre la arquitectura monumental y el pequeño puesto de flores resalta la fragilidad del trabajo informal frente a la magnitud de la ciudad. No hay gesto teatral ni pose: solo la presencia firme de quien ofrece su producto día tras día. La imagen documenta una realidad urbana frecuente en Buenos Aires: personas que sostienen su economía en la vía pública, integradas al paisaje sin ser vistas. El vendedor de flores se convierte así en un testimonio visual del Microcentro y de quienes lo habitan desde los márgenes, aportando humanidad a un espacio dominado por el movimiento y la prisa.  

Donde el mar nos junta: el verano real en Mar del Plata

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Desde la Playa La escena muestra una playa popular de Mar del Plata , con el Club de Pesca como fondo simbólico. El muelle funciona como eje visual y emocional: une ciudad y mar, pasado y presente. En primer plano, la playa está llena de cuerpos diversos , carpas improvisadas, reposeras, sombrillas de distintos colores. No hay pose: hay vida cotidiana .  Cada grupo parece vivir su propio verano, aunque todos comparten el mismo espacio. La ciudad observa desde atrás, elevada, casi indiferente. El mar no es postal perfecta: es real, usado, habitado.  El verano no promete nada: sucede. La arena está marcada por miles de pasos, las carpas se levantan como refugios precarios y los cuerpos —todos distintos— buscan lo mismo: un rato de alivio frente al mar. El Club de Pesca permanece firme, apoyado sobre pilotes que han visto pasar generaciones. Detrás, la ciudad crece y observa; delante, el mar insiste, siempre igual y siempre distinto. Nadie posa. Nadie actúa. Cada grupo vive...

Entre el ruido y la soledad: un motociclista en la ciudad

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  Confiado Distraído Solo La ciudad no descansa. Respira apurada, avanza sin mirar atrás, exige atención constante. la concentración absoluta necesaria para seguir, la distracción mínima que acecha en cualquier esquina, y la soledad inevitable de quien se mueve entre multitudes sin formar parte de ellas. Avanzamos juntos, pero cada uno en su propio carril En estas tres imágenes, un motociclista atraviesa ese pulso urbano donde todo sucede al mismo tiempo: colectivos que pasan como paredes móviles, autos que empujan el aire, peatones que cruzan con prisa y semáforos que ordenan el caos por segundos. El protagonista es siempre el mismo, aunque nadie lo conozca. Casco puesto, mirada al frente, cuerpo tenso. Rodeado de ruido, viaja en silencio. La ciudad lo acompaña, pero no lo contiene. Cada fotografía captura un estado distinto: La vida urbana es así: compartida y solitaria al mismo tiempo.

Soledad en el verano La Foto

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Solos. El verano en Mar del Plata estalla a unos metros: hay gente, colores, risas y caminantes que pasan como un río incesante. Sin embargo, aquí —en primer plano— la escena es otra. Dos personas sentadas, conversando o tal vez calladas, rodeadas de mesas vacías que parecen repetir el eco de un silencio que no todos perciben. ía"í La soledad, cuando aparece así, en plena multitud, tiene una fuerza distinta. No es ausencia, es pausa. Es ese espacio invisible donde dos seres pueden encontrarse sin que el mundo los interrumpa. O quizá todo lo contrario: están juntos, pero solos entre miles, y ese contraste despierta preguntas —¿de qué hablan? ¿Comparten un secreto o se hunden en el mismo silencio? ¿Es compañía o distancia? El lobo marino de piedra observa a lo lejos, testigo eterno de temporadas que pasan, de amores de verano y despedidas al caer la tarde. Y así, la fotografía captura no solo un momento, sino una sensación: que aún en medio del bullicio, la soledad puede ser un pun...

Un Encuentro con la Paloma Urbana

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Penetrante Un ave cualquiera para algunos, pero un personaje urbano para quien se detiene a mirar. Esta paloma no vuela ni se esconde. Descansa, observa y, sin moverse, parece controlar el mundo con esos ojos intensos que no pasan desapercibidos. En su quietud hay carácter; en su postura, una pequeña declaración de existencia. La ciudad es su casa, la vereda su trono y nosotros, simples transeúntes, apenas invitados en su territorio. No es solo un ave en reposo: es un retrato  del ritmo urbano, de esos momentos que pasan inadvertidos hasta que una cámara los detiene y nos obliga a mirar de nuevo. Porque incluso en lo cotidiano, cuando algo nos mira a los ojos… se vuelve imposible ignorarlo.   Mas de animales

Olas Indomables: el Mar Salvaje

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Dos a su destino   El mar siempre tiene algo para decir, incluso cuando no estamos listos para escucharlo. En días como este, cuando las olas golpean con carácter y la espuma lo tiñe todo de blanco, uno entiende que el océano no negocia. Marca su ritmo, impone su pulso, y nos obliga a mirarlo de frente. Hay quienes ven solo agua revuelta; otros, una coreografía perfecta de caos y armonía. Porque incluso cuando parece enfadado, el mar respira belleza: en el vaivén infinito, en el murmullo grave del oleaje, en esa manera tan suya de demostrar que no hay fuerza más antigua ni más libre. Tal vez por eso nos atrae. Porque nos recuerda que la vida también es espuma, oleaje, calma y tormenta. Que a veces avanzamos con firmeza y otras retrocedemos, arrastrados por corrientes que no elegimos. Y aun así, seguimos. Como el mar. Fotografías que dialogan con estas (clic aquí)