Un edificio que desafía al cielo.
El edificio se levanta recto, sin gestos. No busca llamar la atención, pero la impone. Frente a él, el cielo se carga de nubes densas, casi pesadas, como si algo estuviera por romperse. No es solo una escena urbana: es un estado de ánimo.
Las ventanas cerradas repiten un mismo ritmo, una vida ordenada que no se ve. Adentro, alguien espera. Afuera, la ciudad se detiene por un instante. Los autos abajo parecen pequeños, pasajeros, mientras la torre permanece inmóvil, sosteniendo el peso del cielo.
Esta imagen habla de la ciudad actual: vertical, silenciosa, llena de presencias invisibles. Habla también de nosotros, de cómo seguimos en pie aun cuando el entorno se vuelve oscuro, aun cuando no sabemos si la tormenta pasará rápido o dejará marcas.
No hay personas en la foto, pero la huella humana está en cada detalle. En cada ventana, en cada balcón, en esa arquitectura que observa sin responder. Una imagen para mirar despacio. Para entender que, incluso en la quietud, algo siempre está ocurriendo.

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