Vendedor de flores En una esquina del Microcentro porteño, un vendedor de flores espera. Es un hombre de mediana edad que trabaja en silencio mientras la ciudad sigue su curso entre peatones apurados, edificios históricos y el ruido constante del tránsito. La fotografía, realizada en blanco y negro, registra una escena cotidiana que suele pasar inadvertida. El contraste entre la arquitectura monumental y el pequeño puesto de flores resalta la fragilidad del trabajo informal frente a la magnitud de la ciudad. No hay gesto teatral ni pose: solo la presencia firme de quien ofrece su producto día tras día. La imagen documenta una realidad urbana frecuente en Buenos Aires: personas que sostienen su economía en la vía pública, integradas al paisaje sin ser vistas. El vendedor de flores se convierte así en un testimonio visual del Microcentro y de quienes lo habitan desde los márgenes, aportando humanidad a un espacio dominado por el movimiento y la prisa.
Desnudado En esta fotografía, las ramas desnudas de un árbol se recortan con fuerza sobre un cielo intensamente azul. No hay hojas, no hay flores, no hay movimiento visible. Sin embargo, la imagen está llena de vida. Frente a un cielo azul limpio, casi absoluto, las ramas desnudas se abren como un mapa de líneas vivas, trazadas por el tiempo y la estación. Cada rama avanza, se cruza, duda y continúa, como si buscara su lugar en el espacio. El invierno no oculta: revela. Quita lo superfluo y deja a la vista la forma esencial. Porque incluso desnudo, el árbol permanece. Y en esa quietud, nos recuerda que también nosotros, cuando soltamos, seguimos siendo. El árbol , despojado por la estación, muestra su estructura esencial: un entramado de líneas que se cruzan, se superponen y dialogan entre sí. Cada rama parece buscar su propio camino, creando un dibujo casi abstracto contra el fondo limpio del cielo. La luz resalta los tonos cálidos de la madera y contrasta con el azul frío de...
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