Microcentro de Buenos Aires bajo la lluvia: el monumento que vigila la ciudad vacía
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El guardián de piedra en un día gris |
El microcentro porteño tiene un pulso propio. Vibra de lunes a lunes, respira apuro, tránsito y pasos que no se detienen. Pero hay días —pocos— en que ese corazón parece bajar la intensidad. La lluvia lo logra.
El cielo gris se adueña de las fachadas históricas y apaga los colores. El asfalto mojado devuelve reflejos opacos, casi melancólicos. Las persianas bajas, los semáforos cambiando para nadie, el eco leve del agua contra el suelo. Todo parece suspendido.
Y en el centro de la escena, el monumento.
Firme. Inmutable. Rodeado por una reja que apenas lo contiene, se convierte en el único protagonista de la mañana. La piedra mojada oscurece sus formas y acentúa su presencia. Ha visto multitudes cruzar apuradas, ha sido fondo de encuentros, despedidas, reclamos y celebraciones. Hoy, en cambio, contempla el vacío.
La ciudad, despojada de su ruido habitual, muestra otra cara. Más introspectiva. Más honesta. Como si la lluvia tuviera la virtud de desnudarla y devolverle una calma antigua.
Quizás el microcentro no esté vacío. Tal vez simplemente esté respirando.
Y el monumento, testigo mudo del instante, lo sabe.

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