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sábado, 7 de julio de 2012

FOTOS.
GENTE EN LA CIUDAD


ULTIMOS


Pareja de ancianos al final en cola autos estasionados 

Foto de un paisaje muy especial, podríamos inferir un montón de situaciones distintas (espero que así sea), pero se me ocurren dos:
Una la existencia de un parque automotor excesivo para la geografía de la ciudad, y otro el que me interesa y más humano , el maltrato a la persona mayor.
De aquí el título:
"Últimos", en la cola de la vida, cuando debería ser al revés.
El adulto mayor, el viejo, el jubilado, ese ser que por el paso del tiempo se ve despojado de muchas cosas que hacen a su propia identidad.


Nuestra sociedad tiene una mirada casi despectiva para el viejo.
En la faz laboral se lo obliga por ley a la vida pasiva, imponiéndoselo a las mujeres a los 60 años y a los hombres al cumplir 65.
Todo esto como si tuviéramos fecha de vencimiento.
Al llegar a esa edad automáticamente pierden valor todos sus conocimientos y habilidades aprendidas en incontables jornadas de estudio y trabajo.
Pareciera que una cortina invisible cercenara todas las neuronas y los dejara vacíos, inservibles y obsoletos.
No se contempla la posibilidad de aprovechar toda la experiencia y conocimientos acumulados como para tenerlos en cuenta como referentes idóneos para aconsejar, orientar e instruir a los más jóvenes.
En muchos casos obligado a renunciar al trabajo para "acogerse a los beneficios de la jubilación" se encuentran con una realidad muy difícil de sobrellevar.
El primer impacto lo da la liquidación de su haber jubilatorio, que vaya uno a saber porque la metodología que se emplea para su determinación no es como lo dictamina la ley.
Es decir se toma el promedio de sueldos de los últimos diez años con una particularidad que asombra, a mí por lo menos, no se actualizan los sueldos en consideración, lo que provoca -dado la alta inflación que soportamos, que el importe resultante ronde el 50% del último sueldo.
Muy lejos del 82% que sería lo justo.
La gran mayoría (75%) cobra la jubilación mínima unos $1800 (U$S 400)
Después se encuentra que la obra social que le corresponde -La mayor del país por la cantidad de afiliados- no cuenta con un centro médico propio que brinde una protección digna a su salud, sino que es derivado al hospital público para su atención.
Los hospitales son deprimentes y carecen de insumos por lo que la atención es muy precaria.
Pasado el shock inicial el jubilado siente la humillación de que no se respeta su dignidad personal, se lo ignora, tiene la sensación de que vive de la caridad ajena.
Se le dice a que hospital tiene que ir para su atención médica, cuando y donde veranear (si esto es posible),
Nota que todos los que lo atienden lo hacen como asiéndole un favor , se toman su tiempo y quizás si tiene suerte recibirá una respuesta adecuada.
El
jubilado se siente un paria dentro de la sociedad y no entiende.
No le cae la ficha de porque son así las cosas con él que trabajó duramente 40 años o mas, en las condiciones laborales más desfavorables, sudando la gota gorda para cumplir con su tarea.
Esa tarea que contribuyó a la construcción de este país.
Con lo que cobra está condenado a subsistir en la pobreza.
No tiene derecho a elegir donde veranear, cuando y con quién.
A elegir donde hacerse atender por razones de salud.
A elegir , a elegir, a elegir, no puede.
No depende de él, está a los designios de la caridad pública.




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